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Vivir a Oscuras, Resistir con Dignidad: Iliana Figarela, Defensora de los derechos humanos

Ciudad Bolívar

Hoy en día, sobrevivir a las necesidades más básicas se ha convertido en una carrera de obstáculos, una competencia de supervivencia. No hablamos de lujos, hablamos de comer, de trabajar, de estudiar, de vivir con estabilidad. Pero a esa lucha diaria, que ya de por sí exige el triple de nuestro esfuerzo, se le suma una realidad aplastante: la crisis del servicio eléctrico.
Les hablo de la vida real, de lo que nos pasa a todos nosotros cuando cerramos la puerta de nuestra casa. Hablo del agotamiento y de la angustia cotidiana que enfrentamos las familias en Venezuela.

Impacto en la Cotidianidad y en la Familia

Soportar entre cinco y seis cortes de electricidad al día, con racionamientos interminables, sobrepasa cualquier límite razonable. Vivimos sumergidos en un calor extremo, agravado por fenómenos climáticos, donde ni siquiera la noche ofrece una tregua.

¿Cómo trabaja con energía un padre o una madre que no pudo descansar a causa del sofoco y la incertidumbre? ¿Cómo se concentra un hijo a estudiar a la luz de una vela o con la batería de un teléfono a punto de agotarse? ¿Cómo un estudiante se concentra o tiene energía parándose a tempranas horas de la mañana sin haber dormido sus horas completas, para ir al colegio o a la Universidad? Nos están quitando el descanso, y con el descanso, nos quitan la salud física y mental.

A esto se le suma el dolor silencioso de ver cómo se dañan, uno a uno, los pocos electrodomésticos que con años de trabajo logramos adquirir. En un país arropado por la hiperinflación, donde reponer un refrigerador, un ventilador o un equipo de aire acondicionado es, simplemente, un imposible para la inmensa mayoría. Perder la comida que con tanto sacrificio se compra, o perder un equipo necesario para soportar las altas temperaturas, no es un mero inconveniente: es un golpe directo a la economía y a la tranquilidad del hogar.

Impacto en los Comerciantes

Nos enfrentamos a una crisis que va mucho más allá de la simple molestia. La inestabilidad y los cortes prolongados del servicio eléctrico están asfixiando nuestra capacidad operativa.

Para quienes trabajamos con productos de refrigeración, cada interrupción representa una pérdida económica directa por la pérdida de mercancía, amenazando la sostenibilidad de nuestros negocios.
A esto se le suma la imposibilidad de procesar pagos, actualizar inventarios o utilizar sistemas de facturación durante las horas sin luz, paralizando por completo el flujo comercial.

Este escenario nos exige no solo una respuesta inmediata de contingencia, sino una reflexión profunda sobre la vulnerabilidad de nuestra infraestructura.

Hacemos un llamado a la dignidad.
Someterlo a una población a este ciclo continuo de desgaste, angustia y privación es una de las cargas más pesadas que se le puede imponer a un ciudadano. La falta de servicios básicos eficientes deteriora la calidad de vida hasta convertir la rutina en una prueba de resistencia.

Pero no podemos resignarnos a que esto sea visto como algo «normal». La tranquilidad de nuestros hogares, el descanso de nuestras familias, la educación de nuestros hijos y el fruto de nuestro trabajo son derechos fundamentales. Merecemos una vida digna, en la que encender la luz o descansar ba jo un techo fresco no sea un privilegio, sino la normalidad a la que toda persona tiene derechos.

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