La Iglesia católica se sumerge hoy en el día más sobrio y reflexivo de su calendario litúrgico: el Viernes Santo. En esta fecha, millones de fieles en todo el mundo conmemoran la Pasión y Muerte de Jesucristo en la cruz. Es un día marcado por el silencio, el ayuno y la abstinencia, donde no se celebra la Eucaristía, sino que la atención se centra exclusivamente en el sacrificio redentor que, según la tradición cristiana, Jesús realizó para la salvación de la humanidad.
El centro de la liturgia de este día es la Adoración de la Cruz, un rito donde el clero y los laicos se acercan para venerar el madero como símbolo de victoria sobre el pecado. Durante la celebración, se proclama el relato de la Pasión según San Juan, destacando el camino de Cristo hacia el Calvario. Es un momento de profunda introspección que busca conectar el sufrimiento de la figura bíblica con las realidades de dolor y esperanza que atraviesan los creyentes en la actualidad.
Paralelamente a los templos, las calles se convierten en el escenario del Vía Crucis o «Camino de la Cruz». A través de catorce estaciones, los devotos meditan sobre los episodios finales de la vida de Jesús, desde su condena a muerte hasta su sepultura. Esta expresión de fe popular refuerza el sentido de comunidad y penitencia, recordando que el Viernes Santo no es un día de luto desesperanzado, sino el paso necesario hacia la promesa de la resurrección.
Finalmente, la jornada concluye con una atmósfera de espera expectante. Los altares permanecen despojados de manteles y adornos, y el sagrario queda abierto y vacío, simbolizando la ausencia de Cristo. Esta sobriedad prepara el espíritu de la Iglesia para la Vigilia Pascual, recordando a los fieles que, tras el sacrificio del Viernes Santo, la narrativa cristiana apunta hacia el triunfo de la vida sobre la muerte en el Domingo de Resurrección.
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